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Cuando ser fifas te puede convertir en aliado feminista… o al menos entenderlas… o de menos dejar de criminalizarlas

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fifas feministas
Aficionados celebrando el triunfo de México. Foto: Graciela López/Cuartoscuro.
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Por Silvia Soler Casellas, directora interina del Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir

La victoria de la Selección Mexicana en el mundial volvió a producir una escena de emoción descontrolada: miles de personas salimos espontáneamente a las calles de distintas ciudades del país. Glorietas, plazas y avenidas se llenaron de banderas, camisetas verdes, cánticos y abrazos entre personas que probablemente nunca se habían visto. Durante algunas horas, el espacio público dejó de ser el lugar del tránsito cotidiano para convertirse en el escenario de una celebración compartida: la alegría de sentirse parte de un sentimiento compartido.

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Es una imagen que se repite cada vez que avanzamos el marcador, “¿Y si sí?” 

También vale la pena preguntarnos, ¿por qué aceptamos con tanta naturalidad el desmadre de la celebración compartida, pero miramos con tanto recelo el desmadre de una protesta social? Ni se diga si es feminista porque entonces sumamos un plus de desdén.

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La respuesta no pasa por juzgar cuál de las dos expresiones es más importante, ni más legítima. Ocupar el espacio público, así sea desde el júbilo futbolero o desde una marcha reivindicativa comparte una misma lógica: alteran el funcionamiento ordinario de la vida y de la ciudad y se suspenden temporalmente las reglas de la vida cotidiana. 

En Masa y poder, Elias Canetti escritor y pensador búlgaro de lengua alemana y Premio Nobel de Literatura en 1981, desarrolló una de las reflexiones más originales sobre el comportamiento de las multitudes y la relación entre la masa y el poder político. Su idea central es sorprendentemente sencilla: las masas existen porque permiten experimentar, aunque sea por un instante, un mundo donde desaparecen las distancias que organizan la vida cotidiana.

Canetti llama a ese momento la descarga (Entladung): el instante en que las diferencias de clase, profesión, riqueza o prestigio parecen suspenderse y quienes integran la multitud se perciben como iguales. No porque realmente lo sean, sino porque comparten una experiencia emocional y corporal. Por eso un desconocido puede convertirse, durante un partido decisivo o una manifestación, en alguien a quien abrazamos, acompañamos o con quien caminamos durante horas.

El propio Canetti observó otra transformación fascinante: normalmente evitamos el contacto físico con personas desconocidas; la multitud invierte esa lógica. El miedo cotidiano desaparece y el contacto deja de ser amenaza para convertirse en pertenencia. El cuerpo individual pasa a formar parte de un cuerpo colectivo.

No es casual que las grandes celebraciones deportivas produzcan esa sensación de comunión. Tampoco es casual que las grandes movilizaciones sociales la produzcan; es la communitas que refrenda la igualdad de la experiencia compartida capaz de llevar la alteración hasta su última consecuencia.

Pocas actividades poseen la capacidad del futbol para despertar esa experiencia, alebrestar «la fiesta de los ojos» para convertir a la nación en esa «comunidad imaginada» que ocupa el espacio público.

Lo interesante es que Canetti nunca juzga moralmente a las masas. No pregunta si son buenas o malas; pregunta qué necesidad humana satisfacen. Desde esa perspectiva, tanto el festejo deportivo como la protesta producen una experiencia de comunidad que sería imposible en la vida ordinaria.

Las protestas feministas movilizan esa misma capacidad de congregación, aunque con un propósito profundamente distinto. No buscan celebrar una identidad nacional, sino denunciar una deuda democrática. La ocupación de las calles, las consignas, los contingentes e incluso las pintas sobre monumentos forman parte de una estrategia para interrumpir la normalidad y poner el foco en problemas sociales velados. Si la masa rompe el orden cotidiano, aquí esa ruptura persigue un objetivo político: denunciar el feminicidio, la violencia de género, reclamar la autonomía de los cuerpos a través del aborto, la rebeldía o la transformación de la desigualdad.

No se trata de equiparar el dolor con la alegría. La fiesta celebra; la protesta denuncia. Una fortalece el sentido de pertenencia; la otra reclama la ampliación de derechos y exige que esa comunidad sea verdaderamente incluyente. Pero ambas comparten un rasgo esencial: necesitan hacer visible un nosotros. En un caso, el «nosotros» que celebra una victoria deportiva; en el otro, el «nosotros» que se niega a aceptar la violencia o la desigualdad como normalidad.

Si aceptamos con naturalidad que una ciudad entera se transforme para celebrar un campeonato, también deberíamos reconocer que la democracia necesita ciudades capaces de transformarse cuando una parte de la sociedad exige justicia. El espacio público no sólo existe para celebrar aquello que nos une; también para recordar aquello que debería dolernos a todos.

Seamos fifas y feministas al mismo tiempo o al menos dejemos de criminalizar a quienes, como tú, reclaman el derecho de ocupar el espacio público para abrazar una causa colectiva.

¡Nos vemos en las calles!

o de menos dejar de criminalizarlas

o al menos entenderlas

o de menos dejar de criminalizarlas

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