Razzia Santillán es una mujer trans de 30 años de edad que migró de Tampico, Tamaulipas, a la Ciudad de México para estudiar Artes Visuales, pero la violencia estructural que enfrentan las poblaciones trans le impidió cumplir ese sueño, obligándola a vivir entre la precariedad, la resistencia y la lucha social.
“Estudiar es para gente a la que sí apoyan, y yo nunca tuve eso”, cuenta.
En 2023, Razzia estuvo bajo el escrutinio público después de que fue expulsada con violencia de los baños de mujeres de la Cineteca Nacional, espacio que hoy, junto con su colectivo Mariposas Negras, ocupa con un plantón-tianguis como protesta contra la transfobia.
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“Una empieza a hacer las cosas no tanto con estrategia, sino por inercia de la vida, porque de las primeras cosas en las cuales nos violenta este sistema a las personas trans es el espacio público”, dice.
Desde hace dos años y ocho meses, Razzia se traslada, de jueves a domingo, por aproximadamente 15 minutos en Metro para llegar a la Cineteca, en Coyoacán. Ella y sus compañeras instalan sus puestos en el pasillo principal del recinto. Venden toda variedad de artículos: ropa, ilustraciones, accesorios, fragancias…
Dos banderas decoran el espacio: una representativa de la comunidad trans, y otra en apoyo a Palestina.
“Aquí podemos tener autonomía económica, porque a ninguna de nosotras nos aceptan en los empleos, o si nos aceptan nos hacen bullying. Aquí se alivian un montón de lesiones sociales”, dice sobre el plantón.
Personas trans, sin acceso a vivienda digna
Razzia vive en un edificio de la colonia Obrera, en la alcaldía Cuauhtémoc. A pesar de que el inmueble tiene daño estructural, la persona que se ostenta como propietaria exige rentas de seis mil pesos mensuales, sin opción a que los inquilinos –alrededor de 30 personas, en su mayoría personas trans o madres solteras– puedan contratar servicios como gas e internet.
“Estoy ahí en ese edificio porque a nosotras las personas trans nadie nos renta ningún lugar con calidad de vida. Un tiempo viví en pensión, donde se paga al día, y diciéndole a los renteros, ‘mira, te pago todo el año si quieres’, no me querían rentar, ¿por qué? Porque soy una trans”, lamenta.
En México hay cerca de un millón de personas trans, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). A nivel de vivienda, es la población LGBT+ que enfrenta grandes retos, por lo que recurren a rentas informales, cuartos de hotel o espacios compartidos.
“Hasta el Inegi lo dice: el 89% de las personas trans no tenemos acceso a empleo formal, no tenemos acceso a nada”, resalta Razzia.
El acto de discriminación que sufrió en la Cineteca Nacional la expuso a más violencia en las calles y en las redes sociales, pero además la hizo perder la vivienda que rentaba en aquella época.
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“La dueña de mi casa, donde yo vivía en un cuartito, me corrió porque dijo: ‘ya te vi que estás estás en la tele, que eres un grosero’. Nada más estaba buscando una excusa para correrme. Yo me quedé sin casa, sometida a un montón de violencias”, cuenta.
La atención mediática de su caso también provocó que la familia biológica de Razzia cortara comunicación con ella.
Resistir para existir: la vida de una persona trans

Razzia no eligió su nombre por casualidad. Lo hizo como un acto político para honrar a las trabajadoras sexuales que fueron agredidas y detenidas en las décadas de 1970 y 1980, en actos conocidos como “razias”.
“El gobierno llegaba con perreras, camiones que eran como perreras, con unos mazos gigantes, que los aventaban al suelo y como boliche las tumbaban. Llegaban con cadenas, con un montón de armas de tortura, y las encerraban 21 días en los separos de la delegación Cuauhtémoc”, detalla.
La transición de Razzia se dio hace seis años. Recuerda que estaba “aterrorizada” ante la violencia que, sabía, sufren las personas trans en México.
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“Es como atravesar un aro de fuego sin quemarte. Mi transición ha sido así, horrible. Es, de hecho, el peor momento para ser una persona trans. ¿A quién le sucede que hay una campaña mundial para eliminarte de la vida y que no existas? Pues a nosotras y a los migrantes”, expone.
Casi desde el inicio de su transición Razzia comenzó a tomar espacios de la Ciudad de México con su activismo. En 2021, en medio de la pandemia de Covid-19, ella y otras personas trans tomaron un bajo puente de la Glorieta de Insurgentes para instalar “La Tianguis Disidente”.
Alrededor de 100 personas LGBTIQ+ vendían artículos en ese espacio, que es descrito por Razzia como un “oasis” que, al menos para ella, era un refugio en el que se sentía protegida y leída como lo que es: una mujer trans.

Pronto, el crimen organizado se hizo presente en la Tianguis Disidente agrediendo y amenazando a sus integrantes. Razzia incluso sufrió intentos de asesinato, lo que la puso en una situación situación de mayor vulnerabilidad.
“Fue una situación muy traumática para mí, tanto que yo (tenía como opciones) buscar asilo en Estados Unidos o, de facto, desvivirme”, confiesa.
En 2024, la Tianguis Disidente de la Glorieta de los Insurgentes fue disuelto por la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México. Para ese momento, Razzia ya había iniciado su plantón en la Cineteca Nacional.
Desde entonces, ese complejo ha sido escenario de protestas, consignas y actos sociales y culturales –como bodas, lucha libre y pruebas gratuitas de detección de enfermedades de transmisión sexual, entre otros– por parte de las poblaciones trans que acompañan a Razzia.
La consigna es clara: no quitarán el plantón hasta que se retiren las acusaciones existentes contra Razzia, se le otorgue una reparación integral del daño por el acto de discriminación que sufrió en 2023 y se garanticen todos los derechos para las personas trans.
“Hoy entramos a esta dinámica de no negociar ciertos derechos, de decir ‘no vamos a dar ni un paso atrás’”, expresa Razzia.


