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Danielle Cruz: nombrarse trans y no binario en la adultez

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Danielle Cruz es una persona trans no binaria que supo nombrarse hasta su adultez. Foto: Melissa Galván / Ruido en la Red
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Danielle Cruz tenía 32 años cuando encontró las palabras para nombrarse como una persona no binaria. Era 2020 y el aislamiento provocado por la pandemia de Covid-19 la llevó a cuestionar una etiqueta de género en la que, dice, ya no cabía. Seis años después, también se reconoce como una persona trans.

Danielle es periodista y estratega digital radicada en la Ciudad de México. Sus pronombres son ella y elle, y no surgieron por casualidad ni de forma repentina, sino que son el resultado de años de autodescubrimiento. 

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“Siempre fue como esta exigencia del mundo de afuera de que yo cuadrara con lo masculino, y nunca lo hice, nunca cupe. A partir de que empiezo a encontrar las palabras para nombrarme, volteo atrás y digo: ‘claro, yo toda la vida fui una infancia disiente de género’”, cuenta Danielle.

Un estudio del Williams Institute estima que en México más de 340 mil personas se identifican como no binarias, es decir, su identidad de género no se ajusta a las categorías tradicionales de hombre o mujer. 

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Casi la mitad de las personas encuestadas supo antes de los siete años de edad que su identidad de género no era la que se les asignó al nacer, pero más del 60% lo expresó durante su adolescencia. Solo 1.2% se nombró como no binarie o trans en su adultez. 

“Todavía mi generación no teníamos las palabras para nombrar lo trans, entonces todo se centraba en la homofobia, yo era leída como un niño gay, aunque nunca fui eso”, recuerda. 

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La forma en que Danielle era vista en su infancia derivó en situaciones de bullying, obligándole a construir mecanismos de defensa que normalizó casi toda su vida. 

“Tuve que aprender a desmontar la violencia física con humor, con burlas, con ser más inteligente que la persona de enfrente. Es muy común normalizar la violencia y creer que así es como se va a vivir toda la vida, y lo cierto es que no”, enfatiiza.

Acceso a tratamiento hormonal

En 2024, Danielle inició una terapia de reemplazo hormonal, que permite modificar ciertas características físicas para que el cuerpo refleje, en mayor medida, la identidad y expresión de género de cada persona.

“Yo empecé a preguntarme desde muy al principio de mi transición social ‘¿y si sí quiero?’, ‘¿y si no quiero?’ o ‘¿qué es lo que quiero hacer con este cuerpo en el que no acabo de caber?’. Y un día, en la Unidad Especializada para la Atención de Personas Trans e Intersexuales, me quité el gusanito, pregunté informes y me registré para mi primera cita”, cuenta.

Danielle explica que su acceso a tratamiento hormonal ha sido posible dentro del sistema público de salud, pero con tiempos de espera, procesos largos y una infraestructura que no siempre está pensada para personas trans y no binarias.

“Es un trámite muy largo, son meses de espera, hay problemas de desabasto, y eso que estoy en una de las ciudades con el mayor acceso a este tipo de tratamientos”, señala. 

En México, la terapia de reemplazo hormonal en clínicas privadas más accesibles suele tener un costo de 350 a mil pesos. Sin embargo, el tratamiento debe ser integral: requiere acompañamiento endocrinológico, psicológico y psiquiátrico, además de estudios constantes, lo que eleva el costo. 

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En el caso de Danielle, detalla que el seguimiento médico incluye controles periódicos y ajustes constantes, ya que el cuerpo responde de formas complejas a las hormonas.

También señala que gran parte de estos tratamientos no fueron diseñados originalmente para personas trans, sino que provienen de medicamentos pensados para otros usos médicos para mujeres cisgénero.

“Por más que estoy muy feliz conmigo y con el proceso, es un tema que duele cuando sabes que no está al alcance de todo mundo, y ni siquiera en este mismo país, en esta misma ciudad, personas en situación de calle, en situación migrante, no tiene el acceso a esos tratamientos”, lamenta.  

Pareja queer y familia elegida

trans y no binarie
Danielle Cruz se nombró persona no binaria en 2020, y en 2024 inició un tratamiento de reemplazo hormonal. Foto: Melissa Galván / Ruido en la Red

Un pilar en el proceso de autoreconocimiento de Danielle –primero, como persona no binaria y luego, como trans– ha sido su esposa, Mariana. 

“La relación con mi esposa ha sido una relación de muchos años de trabajo. Creo firmemente que el amor existe y que el amor es uno de los motores de cambio más fuertes que he encontrado”, expresa.

Mariana le enseñó, dice, a “querer bonito” en un mundo donde la violencia cotidiana suele moldear la manera en que las personas trans y no binarias se relacionan con el mundo.

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Danielle y Mariana han construido también una red afectiva que trasciende a la familia tradicional. Su hogar se ha convertido en un espacio donde amistades –en su mayoría queer– encuentran un lugar seguro. 

“Es una construcción de familias elegidas, que al final es también un mecanismo de resistencia y mecanismo de apoyo”, afirma Danielle.

Personas trans y no binarias ante los obstáculos legales

El acta de matrimonio de Danielle tiene registrada la identidad que se le asignó al nacer, no con la que se nombra actualmente. 

La razón no es una falta de convicción sobre su identidad, sino las barreras legales y administrativas que todavía enfrentan las personas trans y no binarias para lograr que sus documentos reflejen quiénes son.

En México, el cambio de identidad para personas no binarias enfrenta vacíos legales que vuelven el proceso casi imposible. De hecho, la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) establece que los estados no pueden frenar los cambios registrales de personas trans y no binarias. Sin embargo, su aplicación ha sido desigual.

 Aunque algunas entidades permiten modificaciones en el acta de nacimiento, el resto de los documentos de identificación suele convertirse en un laberinto burocrático.

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“El cambio de acta de nacimiento y todos los demás documentos de identidad para las personas no binarias en México es actualmente imposible”, explica.

En la práctica, este proceso puede extenderse durante años, detenido por instituciones que no reconocen la posibilidad de una identidad fuera del binario. Bancos, universidades y dependencias públicas se convierten en filtros que frenan el derecho a nombrarse.

Para Danielle esto no ha sido un obstáculo para construir y formalizar su matrimonio, pero no deja de señalar que persiste un “borrado” dentro del sistema administrativo.

“No es porque creamos que el Estado nos tiene que validar nuestra identidad, nuestra identidad es válida por sí misma. Lo que nos frustra es el desprecio a la identidad, a que tengamos las herramientas y el espacio legal para nombrarnos”, enfatiza. 

Danielle refiere que, tras la muerte del magistrade Ociel Baena en 2023, los derechos de las personas queer y no binarias parecieron frenarse para dar paso a discursos de derecha. 

Menciona casos como los gobiernos de Jalisco, Puebla y Querétaro, donde han habido retrocesos como el rechazo legislativo al reconocimiento de las infancias trans. 

“Hemos tenido un avance parcial en el reconocimiento de identidad en múltiples estados, pero lo cierto es que entre más visibilidad viene una mayor vulnerabilidad. Lo que sí sabemos es que México es el segundo país más peligroso para ser una persona trans”, alerta. 

Más allá del plano legal, Danielle expone que la violencia se vive en lo cotidiano, desde el lenguaje hasta la interacción diaria.

El uso de pronombres neutros, puntualiza, suele ser corregido o cuestionado bajo el argumento de “incorrecto”, lo que termina funcionando como una forma de negación sistemática.

“Es una violencia cotidiana muy compleja de normalizar y difícil de estar confrontando todos los días. Al final sé que siempre estoy a un mal día de otra persona para tener un encuentro de violencia transfóbica”, señala.

El gozo como resistencia

En medio de ese panorama, Danielle insiste en no reducir la identidad trans y no binaria únicamente a la violencia.

“Trato de sostener que nuestra identidad tiene que estar fincada en el gozo. Yo vivo mi identidad plenamente, así como me ven es como me visto todos los días, así como ven es que salgo al mundo”, dice.

Al pensar en el futuro, Danielle imagina un mundo donde el género deje de ser una forma de opresión para generaciones como las de sus sobrinas de seis y dos años. 

“Si tuviera una varita mágica crearía un mundo donde el género no sea una opresión, donde ellas puedan aprender del género sin que sus padres piensen que es un peligro, y si ellas quieren experimentar con su género, que sepan que no hay más que cariño, amor, paciencia y cuidado”, detalla. 

Danielle confiesa que hablar de su transición con su familia ha sido uno de los procesos más difíciles. Considera que es porque las familias suelen construir una imagen fija sobre los hijos, que no siempre se puede desmontar fácilmente.

“Si tienen dudas de si su hije es trans, tengan paciencia, y vean frente a ustedes a una persona que nunca va a dejar de quererles, pero que ustedes tienen que entender que ni es la persona que ustedes creían que era”, concluye. 

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Escrito por
Melissa Galvan

Reportera con 11 años de experiencia. Hablo y escribo sobre género, justicia, derechos humanos e infancias. Cuento historias y acompaño cuando es necesario.