Es una mañana calurosa en un punto del Valle del Yaqui, a un costado de tierras agrícolas conocidas como “La antena”, en el municipio de Cajeme, Sonora, donde el año pasado el colectivo local encontró 26 osamentas humanas. En este terreno, Gustavo Cabrera Grajeda escarba la tierra con una pala, con fuerza, con desesperación, en busca de cualquier indicio de su esposa, Luisa Ivonne Madero Cervantes, quien fue desaparecida el 20 de abril de 2020.
Como suele suceder en estos casos, Gustavo porta una playera con la ficha de búsqueda. También usa una gorra para protegerse del sol. Él trabaja en una aplicación y también es buscador. Divide sus horas de trabajo entre conducir un taxi y las extenuantes y áridas jornadas en el desierto sonorense. Forma parte de Guerreras Buscadoras de Cajeme, el colectivo que encontró las 26 osamentas humanas. Desde su formación en 2019, han localizado al menos 60 fosas clandestinas y recuperado más de 200 restos humanos en parajes tan remotos como el Valle del Yaqui.
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Sereno, Gustavo cuenta qué fue lo que lo trajo hasta aquí. Luisa Ivonne salió de su casa ese 20 de abril para reunirse con un amigo y no volvió. Gustavo la buscó por días y sus propias investigaciones lo llevaron a concluir que “la levantaron”.
“Al señor lo soltaron. Abogó por él, habló por él y lo soltaron”, dice Gustavo, se toma un momento, respira, y concluye: “a ella no”.
El caso de Luisa Ivonne es parte de la alarmante realidad de más de 130 mil desaparecidos en México. Detrás de esa cifra hay hogares fracturados. Aunque socialmente se asocia la búsqueda de las personas desaparecidas a las madres buscadoras, también hay padres, esposos, hermanos e hijos que interrumpen sus proyectos de vida para empuñar picos y palas e intentar encontrar a sus familiares.
En Sonora el nivel de tragedia ha llevado a organizaciones como la Red Lupa a declarar que la situación es crítica. De acuerdo con datos oficiales, entre 2006 y 2026, en el estado se acumularon 11 mil 392 reportes de desaparición. De ellos, al menos 5 mil 785 personas continúan sin ser localizadas.
En este panorama de violencia, sumado al contexto sociocultural machista en el que los hombres deben ser proveedores y protectores de sus familias, los buscadores como Gustavo enfrentan un sentimiento de culpa que muchas veces los carcome psicológicamente, con efectos en su salud mental y física.
Gustavo cuenta que llegó a tener ideas suicidas, pero pensar en sus hijas lo impulsa todos los días a seguir viviendo. “Dije, qué van a hacer mis hijas a falta de su mamá, quién las va a sacar adelante. Tiene uno que pensar en ello, pensar muchas cosas”, relata.
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“Aparte soy fuerte, soy un guerrero, no me dejo doblar tan fácil”, remata.
De acuerdo con un informe de la organización Fundar, la desaparición hace que los hombres sienten que fracasaron en su rol de protectores por los mandatos de masculinidad impuestos por la sociedad, y diluye la verdadera responsabilidad que tiene el Estado de garantizar seguridad a la ciudadanía.
Alejandra Ramírez, investigadora de Fundar, explica en entrevista con Ruido en la Red que esto tiene un impacto psicoemocional, pero también físico y económico en los hombres.
“Los daños son diversos, son a nivel individual, familiar, comunitario. Y con el paso de los años no es solo el daño que se generó con la desaparición, que le llaman hecho victimal, los daños no caducan”, comenta.
Para el informe, Fundar entrevistó a padres buscadores, quienes contaron que sentían culpa por no haber acompañado a sus hijos a la escuela, en el momento en el que desaparecieron, o por haberlos impulsado a estudiar en otra ciudad.
@ruidoenlaredoficial 🕊️ Cuando pensamos en familias buscadoras, casi siempre imaginamos a madres con las fotos de sus hijos en las manos. Pero la búsqueda de personas desaparecidas también tiene rostros de hombres. Padres, esposos, hermanos e hijos que aprendieron a buscar en el camino: recorrer terrenos, acudir a fiscalías, organizarse con otros familiares y enfrentarse a una ausencia que no da tregua. Para ellos, además, existe otra batalla: la idea de que un hombre debe aguantar, mantenerse fuerte y no mostrar lo que siente. ⏯ Mira el video completo en nuestro canal de YouTube. ✍ Guion: @soyneldysanmartin 🖥 Producción: @byvictorcarmona
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De vuelta al desierto, Gustavo dice que le ha tomado mucho tiempo procesar la ausencia de Luisa Ivonne. “Psicológicamente uno va aprendiendo, se va preparando. Me terapié”, dice.
Gustavo es uno de los dos hombres del colectivo Guerreras Buscadoras de Cajeme, que, como su nombre lo indica, está integrado en su mayoría por mujeres. Otro de ellos es Jorge Portela, quien busca a su sobrino, Efraín Álvarez Portela y a la hija de su pareja, a quien quiere como propia, María Guadalupe Valenzuela. Ambos están desaparecidos desde hace más de una década. La última vez que fueron vistos fue en 2015.
Desde entonces, Jorge es el único de su familia, junto con su esposa, que se unieron a las búsquedas, pues su hermana, madre de Efraín, tiene problemas de salud que le impiden sumarse. A veces, ella le da dinero para apoyarlo con el transporte.
“Una de mis hermanas hasta me dijo: para qué andas buscando muertos”, dice Jorge con pesar.
En cambio las hermanas de su sobrino le han agradecido por no detenerse. “Les dije: no hay de qué hijas, yo lo voy a buscar hasta que tenga fuerzas”, cuenta.

Jorge considera que lo mueve el mismo dolor que a las buscadoras. “Aunque la mayoría son puras mujeres y yo hombre, yo siento el mismo dolor, pues”.
Sin embargo, Silvia Velázquez, líder y portavoz del colectivo, advierte que la situación de inseguridad en el estado expone a los hombres a muchos riesgos, pues su presencia en los sitios remotos en los que escarban puede generar sospechas o reacciones hostiles de los grupos criminales.
“Nosotras como madres podemos hasta desmayarnos, hacer un escándalo, pero ellos corren muchos peligros, hasta el riesgo de que también los desaparezcan. Por eso, son contados los colectivos que cuentan con hombres”, dice.
En México al menos 15 buscadores fueron víctimas de asesinato y desaparición entre el 2010 y el 2025, de acuerdo con la Fundación para la Justicia. De ellos, el 73% eran padres de personas desaparecidas, es decir, 11, y 27% eran hermanos o hijos de personas desaparecidas. Del total, 11 fueron asesinados y cuatro desaparecidos.
Sin embargo, los riesgos son para buscadores y buscadoras por igual. La misma organización señala que en ese mismo periodo fueron asesinadas o desaparecidas 24 buscadoras. De ellas, 22 fueron asesinadas y dos desaparecidas. Quince eran madres.
Es debido a ese contexto que el colectivo opera con protocolos de seguridad y solo acuden a los sitios bajo denuncias, reportes ciudadanos e información confidencial.
Mientras tanto, Jorge y Gustavo son muestra de que, ante el horror de la ausencia por la desaparición, el dolor no tiene género.
-Con información de Melissa del Pozo



