Hay dos murales que honran la vida de Renata Martinelli: uno está en Ixtapaluca, Estado de México, en la barda de la casa de sus abuelos maternos, donde creció; el segundo está en el municipio de Nezahualcóyotl, en la casa de otros familiares.
Y había un tercero, en el kilómetro 28 de la carretera federal México-Puebla, pero fue tumbado por autoridades del gobierno municipal de Ixtapaluca. Al poco tiempo se construyeron accesorias.
Renata tenía 13 años de edad cuando fue víctima de feminicidio a manos de Carlos Daniel “N”, el 29 de noviembre de 2020. Cinco meses antes, Karen Reyes, mamá de la menor, lo denunció por intentar grabar a “Reni” cuando se iba a bañar.
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La justicia para Renata no llegó. En 2022, Carlos Daniel fue hallado muerto en los separos del Centro Penitenciario de Barrientos mientras esperaba el inicio del juicio oral. La carpeta de investigación se cerró.
Hoy, lo que le queda a Karen es preservar la memoria de su hija. Las dos bardas donde está pintado el rostro de “Reni” recuerdan su vida y sus sueños, pero también se han convertido en una exigencia permanente de justicia para las víctimas de feminicidio en México.
“Los dos murales que han sobrevivido están en lugares donde aprecian a mi hija, donde respetan a mi hija, donde sabemos que pasen los años y pase toda una vida, jamás nadie se atrevería a borrarlo como las autoridades lo hicieron”, apunta Karen.

La memoria que se apropia del espacio público
No existe una cifra exacta sobre cuántos murales dedicados a víctimas de feminicidio hay en México, que reconoce de manera oficial al menos 8,727 feminicidios y 25,918 homicidios dolosos de mujeres en la última década. Sin embargo, estas intervenciones se repiten en distintos municipios y ciudades del país: Estado de México, Ciudad de México, Chihuahua o Puebla.
Suelen ubicarse en espacios públicos significativos para las víctimas y sus familias: las bardas de sus casas, avenidas transitadas para generar impacto, o incluso, los lugares donde fueron encontradas sin vida.
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Ese es el caso del mural dedicado a Diana Velázquez Florencio en Chimalhuacán, Estado de México.
Diana tenía 24 años cuando fue víctima de desaparición y feminicidio el 2 de julio de 2017. Su cuerpo fue localizado junto a una barda en la calle Francisco I. Madero, colonia Guadalupe, en Chimalhuacán.
“Lidia Florencio, mamá de Diana, fue quien propuso que se hiciera el mural ahí. Esa barda es la parte trasera de una fábrica, así que fuimos a hablar con el encargado y lo convencimos de que nos prestara la pared”, recuerda la artista plástica Norma Jiménez, “La Malhablada”, autora del mural de Diana.

El mural fue hecho en noviembre de 2020 en un plazo de dos semanas. Fue el tercer trabajo que Norma realizó como parte de un proyecto titulado “Quisieron enterrarnos, pero no sabían que éramos semillas”. Desde entonces, considera la artista, “cosas importantes pasan en ese lugar”.
Para “La Malhablada”, este tipo de murales deben estar en las colonias donde las víctimas de feminicidio fueron arrebatadas, porque colocar sus rostros en el espacio público también es una forma de resistencia.
“Lidia se posicionó en ese espacio. Ella sigue haciendo rodadas ahí, además es el punto de partida para marchas por la exigencia de justicia en este y otros casos. Es tan representativa la forma en la que Lidia arrebata lo poco que hay de justicia, al no dejar que la memoria de Diana se pierda”, expresa.
Karen Reyes y su hija también lograron apropiarse del espacio público con el mural de Ixtapaluca, que fue registrado en la plataforma de Google Maps como “MURAL Renata”, y que hoy sirve como punto de referencia para quien usa servicios de taxi o paquetería.

Vandalismo, otra forma de violencia contra las mujeres
Hay una particularidad entre los murales de Renata y de Diana: los vecinos de Ixtapaluca y de Chimalhuacán se apropiaron de ellos. Forman parte de la comunidad a tal punto que los cuidan de miradas ajenas, asisten a conmemoraciones, les dejan flores y veladoras, y algunos hasta se persignan.
Esto no pasó con el mural que se hizo en 2022 en honor a Fernanda Sabalza en la colonia Clavería de la alcaldía Azcapotzalco, Ciudad de México. La barda fue grafiteada y pronto será derrumbada.
Fernanda Sabalza tenía 19 años de edad, era estudiante de Pedagogía y mamá de un niño de tres años, cuando fue víctima de feminicidio el 20 de junio de 2020 en la colonia Reyes Ixtacala, en Tlalnepantla, Estado de México, a media hora de su casa en Azcapotzalco.
El primer rayón en el mural apareció en febrero de 2026, en medio del rostro de Fer. Para el 5 de marzo, un graffiti la tapó por completo, como un intento por borrarla.
A casi seis años del feminicidio de Fer, la Fiscalía General de Justicia del Estado de México no ha girado ni una sola orden de aprehensión, a pesar de que Mauricio Sabalza ha recabado carpetas de información para dar con el paradero de los responsables.

“Es un lugar por el que pasamos muy seguido. Está sobre una avenida muy transitada. Después de que se hizo el mural, la mamá de Fer, su hermano y yo solíamos ir a verlo porque sentíamos que ella estaba ahí. Cuando vi el primer rayón me dio mucho coraje, ¿qué le quita a la gente respetar su memoria?”, lamenta Mauricio Sabalza, papá de Fernanda.
Los papás de Fer participaron en la realización del mural. Incluso, Matías, hijo de la joven, plasmó sus manos en la barda. El menor pasa diario por ese lugar para ir y regresar de la escuela, así que cuando vio el grafiti, de inmediato le habló a su abuelo.
«Me habló llorando: ‘Abuelo, ¿ya viste? Pintaron la foto de mi mamá’. Primero me agarró como que norteado y yo: ‘¿Cuál foto, hijo?’. ‘La que está en la calle’, me dice. Eso me rompió”, comparte Mauricio.
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El papá de Fernanda sospecha que las mismas autoridades de la alcaldía enviaron a personas para rayar el mural, pues le parece sospechoso que la pinta solo cubre el rostro de la joven, no toda la barda.
Un vandalismo similar se cometió en un mural dedicado a Diana Villafañez –víctima de feminicidio en 2017– en la colonia Roma, Ciudad de México. La artista Norma Jiménez lo ha restaurado las dos ocasiones en las que le han pitado una marca en la cara.
“Hay una intención clara de lastimar la imagen de estas mujeres. Que sus rostros sean cubiertos es como una muestra de lo que está pasando en el contexto general: que sí hay una violencia desbordada contra las mujeres, y pareciera que hay una intención de borrarnos de la vida, de la historia, de no querernos en el espacio público”, explica Norma.
Las bardas no son suficientes
El primer mural que Norma Jiménez hizo en honor a víctimas de feminicidio fue en 2019 en Puebla. En una barda de la Ibero, retrató a Paulina Camargo, desaparecida en 2015 por su pareja, y a Karla López Albert, víctima de feminicidio en 2014.
Norma recuerda que la mamá de una de las víctimas expresó que deseaba que el mural ayudara a cambiar la narrativa amarillista con la que los medios de comunicación abordaron el caso de su hija.
“Me dijo: ‘no reconozco a mi hija en estas noticias. Su vida es mucho más que esto que pasó. No quiero que la busquen en internet y que lo primero que salga sea esto, yo quiero honrar la vida de mi hija’. Para mí esto es otra cara de la exigencia de justicia”, dice.

Mauricio Sabalza no podrá restaurar el mural de su hija que fue vandalizado, porque la propiedad donde se hizo ya se vendió y pronto la van a derrumbar.
Por eso, está en busca de otra barda para poder preservar la vida y memoria de Fernanda. Ya tiene dos propuestas, pero no le convencen porque están entre calles poco transitadas, y sabe que el mural no tendría tanto impacto.
“Yo quiero conseguir una barda cerca de las fiscalía y dibujar a la mayoría de las víctimas, para recordarles (a las autoridades) que deben estar atentos para evitar todo eso, porque no están haciendo nada por evitar tanto feminicidio que hay”, enfatiza.

Se estima que en México son asesinadas 10 mujeres al día, aunque solo uno de cada cuatro casos se investiga como feminicidio. La cifra de víctimas es tan elevada que pareciera que no hay bardas suficientes para honrarlas a todas.
“La Malhablada” sabe que conseguir bardas que puedan ser monitoreadas del vandalismo, o que no corran riesgo de ser derrumbadas, es una tarea difícil, por eso, hace un llamado a la sociedad a “donar bardas”.
“Hay varios murales que están en espera, porque no tenemos bardas. Más allá de tener una fachada bonita, podemos aportar desde ahí. Necesitamos bardas”, concluye.



