El Árbol de la Vida, el lugar que acoge a personas enfermas desahuciadas y las acompaña en su lecho de muerte
“Y después de sufrir, llorar y quejarte ¿Qué más sabes hacer?”

Foto: El Árbol de la Vida/Facebook.
Leonardo Romero “El Padrino” era una persona alcohólica hasta que un día comenzó a tener infartos, cuando llegó al cuarto su corazón estaba muy deteriorado y los doctores le dijeron que tenía tres meses de vida, por ello decidió que con el tiempo que le quedaba quería ayudar a otras personas con diagnósticos terminales.
Fue así que en 1978 creó el Árbol de la Vida, un refugio que hasta la fecha ha atendido a más de mil 200 personas, pero al ser una Asociación Civil, no cuentan con apoyo gubernamental, ni tienen servicio médico, psicológico, de limpieza o alguno similar, sino que la regla es ayudarse entre sí, de acuerdo a sus posibilidades.
Romero vivió casi 19 años más, actualmente el Árbol de la Vida es encabezado por su hija, Elena Romero, junto con sus hijos, quienes hacen las tareas más complicadas del lugar, pues aunque todos estos años el refugio se ha sostenido todos estos años de donaciones económicas y en especie, deben estar al tanto de las necesidades de cada paciente.
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Y después de sufrir, llorar y quejarte: ¿qué más sabes hacer?
El padrino tenía un lema “Y después de sufrir, llorar y quejarte ¿Qué más sabes hacer?”, cuando llegaba una persona, escuchaba su historia, los consolaba y después los hacía mirar su vida desde otra perspectiva, muchos llegaban a morir, por lo que buscaba que pasaran sus últimos momentos en paz y se fueran tranquilos.
Eduardo Romero, nieto de Leonardo, comentó que, aunque desde niño presenció la muerte de cerca, ahora como adulto le cuesta despedirse cuando alguien fallece, pero aprendió a canalizar su dolor y seguir con el legado de su abuelo.
“Te encariñas tanto que ya los haces parte de ti, de que son tu familia, que son tus abuelitos, que también tienes que hacer este papel de hermano, de tío, de lo que sea, con tal de que ellos se vayan sin preocupaciones… Esta parte de cuando están en un proceso de agonía el poderles servir, como un nieto, y decirle, ve tranquilo, ve en paz”, sostuvo.
El padrino dejó como herencia las cátedras al estilo AA, los enfermos que pueden platicar y así lo desea, suben a la tribuna y comparten sus experiencias, pues Eduardo consideró que no solo se busca sanar la parte física, sino también lo emocional.
“A veces no nada más es lo físico, sino también lo emocional, entonces por eso se les da ese tiempo en el que ellos suben a tribuna, expresan lo que sienten, se les pone temas… También es como sacarlos de ese mood porque muchos de ellos vienen esperando ya su muerte, tal vez se escucha muy feo, pero muchos de ellos me dicen eso, intentamos sacarlos de ese trance para que disfruten al final del día”.
‘Es un árbol que te atrapa con sus ramas porque te vas quedando‘
Nadia Romero también es nieta del Padrino y sirve en la atención de la casa, así como en la parte administrativa, compartió que, de acuerdo con los expedientes, hubo meses en los que atenían a 70 personas mensualmente, sin embargo, ahora solo hay 15, pues a raíz de la pandemia la secretaría de Salud, anteriormente Salubridad y Asistencia, les prohibió recibir más personas por cuestiones de protocolo.
Nadia, Eduardo y Elena cuentan con constancias de auxiliares de enfermería debido a la necesidad que tenían; además, realizan la documentación y trámites necesarios, ya que hay personas que abandonan y no cuentan con las posibilidades cognitivas para identificarse.
“La verdad es que muchas ocasiones pensamos que es ir y dejar ropa, dejar dinero, pero a la mejor la parte de ´soy doctor o soy enfermera´ y quieren venir a servir, a tomar signos vitales, a hacer una curación, todo eso también es donativo”.
Nadia Romero no descuida el Árbol de la Vida pese a que tiene su propia familia, compartió que el servicio a los pacientes ya es parte de su vida, y aunque en un principio era complicado, ahora la satisface acompañar a las personas en sus últimos momentos.
‘En el Árbol de la Vida encontré a mi verdadera familia‘
Floriberto Vázquez Malagón es habitante del Árbol de la Vida desde hace 32 años, cuando tenía 10 años sus padres fallecieron y sus hermanos lo trasladaron de Guanajuato a la Ciudad de México, donde lo abandonaron dentro de un costal, luego estuvo en situación de calle durante 20 años hasta que un día lo atropellaron, le dieron atención médica y lo canalizaron al albergue.
“Mis padres murieron, ellos eran muy buenos, luego mis hermanos se tomaban esa cosa que emborracha, me quitaron pantalón, todo eso y ya, abrieron un costalón de esos grandes, de 10 años y vámonos para adentro”, contó a Ruido en la Red.
El hombre de 62 años compartió que en el refugio encontró un hogar y una familia, a pesar de su discapacidad, ayuda a la casa a tareas sencillas como barrer, tirar la basura, pero también le da de comer y cuida a David, un joven que llegó cuando era un niño.
Con el paso del tiempo Floriberto encontró la manera de generar ingresos, con telas recicladas o bolsas ecológicas aprendió a tejer bolsas con su mano y su boca, las cuales vende en los alrededores de la casa.







